Recuerdo que, cuando empecé a grabar mis propios vídeos, había algo que me resultaba bastante curioso.

Podía explicar una idea con normalidad en una conversación, pero cuando me colocaba delante de la cámara, la situación cambiaba.

De pronto empezaba a pensar en cómo estaba hablando, qué hacía con las manos o si aquello que estaba diciendo sonaba como yo quería.

Y eso que estaba sola.

No había nadie delante mirándome, pero la cámara conseguía que prestara atención a cosas que normalmente ni siquiera me planteaba.

Soy una persona más bien tímida, así que familiarizarme con aquella situación también formó parte de aprender a grabar.

Con el tiempo he ido observando que, cuando hablamos de ponerse delante de una cámara, solemos reunir dificultades bastante diferentes bajo una misma expresión: perder la vergüenza.

Pero hay muchas cosas que pueden ocurrir cuando nos grabamos.

Podemos sentir incomodidad al exponernos, empezar a cuestionar lo que decimos o dedicar tanto tiempo a revisar cada detalle que nunca encontramos una versión suficientemente buena.

En este artículo quiero detenerme en tres de esas situaciones: la vergüenza, los pensamientos que aparecen mientras grabamos y el perfeccionismo.

Son barreras que pueden dificultar la experiencia de ponerse delante de una cámara, pero también podemos aprender bastante observando cómo aparecen y qué decisiones nos ayudan a trabajar con ellas.

1. La vergüenza de ponerse delante de la cámara

Una de las cosas que más me llamaba la atención cuando empecé a grabarme era que sabía perfectamente lo que quería contar.

El tema no era el problema.

Podía haber preparado una explicación y tener claras las ideas.

Pero encender la cámara añadía algo nuevo a la situación.

Ya no estaba simplemente hablando. Estaba grabándome mientras hablaba.

Y empezaba a prestar atención a mi propia imagen.

A cómo sonaba mi voz.

A si estaba mirando correctamente al objetivo.

A qué hacer cuando terminaba una frase.

Cosas que durante una conversación normal suelen ocurrir sin que necesitemos dirigirlas conscientemente.

Familiarizarte con la cámara también forma parte del proceso

A veces escuchamos consejos como «imagina que la cámara es una amiga» o «habla como si no estuvieras grabando».

Pueden resultar útiles para algunas personas.

Pero a mí me parece interesante reconocer que hablar delante de una cámara es una situación particular.

Hay un objetivo, un encuadre y una grabación que después podemos reproducir.

Es normal que al principio prestemos atención a todo eso.

Y también podemos acostumbrarnos a la situación mediante la práctica.

Una de las posibilidades es empezar grabando vídeos que no tengan ningún destino concreto.

Sin pensar en publicarlos.

Sin preparar una gran explicación.

Puedes hablar durante un minuto sobre algo que conoces bien y después observar qué ocurre cuando lo reproduces.

Quizá te sorprenda descubrir que determinados gestos que te preocupaban durante la grabación apenas llaman la atención al verlos.

O puede que identifiques alguna decisión de encuadre o distancia que te gustaría modificar.

La cámara empieza a resultar más familiar cuando dejamos de encontrarnos con ella únicamente en el momento de producir un vídeo que tiene que salir bien.

También puedes cambiar la situación de grabación

Algo que me interesa especialmente es cómo cambia nuestra presencia dependiendo de las condiciones en las que grabamos.

Por ejemplo, imagina que tienes que explicar cómo desarrollas un proyecto.

Puedes sentarte frente a cámara y contarlo.

Pero también puedes grabarte mientras revisas los materiales, haces anotaciones o trabajas sobre la mesa.

La segunda opción puede permitirte utilizar gestos y movimientos que ya forman parte de tu manera habitual de trabajar.

Incluso puedes construir el vídeo con imágenes del proceso y una voz en off.

No significa que debas evitar mirar a cámara porque te produzca vergüenza.

Puedes seguir practicándolo.

Pero es interesante descubrir que tenemos diferentes posibilidades de presencia y que cada una puede aportar algo distinto al contenido.

Una prueba: elige una idea que conozcas bien y grábala primero mirando directamente a cámara. Después repítela mientras realizas una acción relacionada con el tema.

Al revisar ambas versiones, observa cómo cambia tu expresión, qué ocurre con tus gestos y qué información aporta cada formato.

2. Los pensamientos que aparecen cuando empiezas a grabarte

Hay otra situación que puede resultar bastante agotadora.

Preparas un vídeo, tienes claro lo que quieres decir y justo antes de empezar aparecen las dudas.

«¿Y si me quedo en blanco?»

«¿Y si esto no le interesa a nadie?»

«¿Por qué estoy hablando tan raro?»

«¿Qué hago con las manos?»

En el artículo original que escribí sobre este tema hablaba de creencias limitantes.

Es una expresión que se utiliza mucho para describir pensamientos que pueden condicionar nuestras decisiones.

Hoy prefiero observar algo más concreto: qué ocurre cuando empezamos a prestar tanta atención a nuestra propia actuación que dejamos de concentrarnos en lo que queríamos comunicar.

Porque hay una diferencia entre revisar conscientemente cómo estamos construyendo una explicación y estar evaluándonos continuamente mientras intentamos desarrollarla.

Cuando intentas hablar y observarte al mismo tiempo

Imagina que estás explicando algo que conoces perfectamente.

Empiezas bien.

Pero entonces notas que has hecho una pausa.

Piensas que quizá ha sido demasiado larga.

Intentas recuperar la frase, aunque ahora también estás pendiente de cómo estás colocando las manos.

Y cuando por fin terminas, ya no recuerdas demasiado bien cómo querías cerrar la idea.

Es como intentar mantener una conversación mientras una segunda persona comenta cada una de tus decisiones.

Solo que esa segunda persona también eres tú.

Una cosa que podemos probar es separar el momento de comunicar del momento de revisar.

Durante la grabación, concentrarnos en desarrollar la idea.

Después, al reproducirla, observar qué decisiones queremos ajustar.

No siempre será fácil, pero permite que la revisión tenga un espacio propio.

Prepara la idea sin obligarte a memorizar cada palabra

Otro aspecto que puede influir es la manera en que preparas tus vídeos.

Hay personas que se sienten cómodas con un guion escrito palabra por palabra.

Otras prefieren tener un esquema con las ideas principales.

Ninguna de las dos opciones es universal.

Lo importante es encontrar una preparación que te permita explicar con claridad sin estar constantemente intentando recordar cuál era la siguiente frase exacta.

Puedes probar a dividir el contenido en bloques.

Por ejemplo, si vas a explicar un proceso, identifica qué necesitas contar al principio, qué información debe aparecer durante el desarrollo y cómo quieres terminar.

Después trabaja cada parte.

Y recuerda que existe el montaje.

Puedes grabar varias tomas, eliminar errores y combinar diferentes planos.

No tienes que convertir cada vídeo en una demostración de que eres capaz de hablar durante cinco minutos seguidos sin equivocarte.

No todos los pensamientos necesitan una respuesta

También puede ocurrir que, antes de grabar, aparezca la preocupación por lo que pensarán otras personas.

Es algo que puede formar parte de cualquier situación en la que nos exponemos públicamente.

No creo que exista una frase mágica que haga desaparecer esa preocupación.

Pero sí podemos tomar decisiones sobre cómo vamos a trabajar con ella.

Por ejemplo, separar las pruebas privadas de los contenidos que finalmente publicamos.

O empezar explorando formatos donde la presencia sea diferente.

Una conversación, una narración en voz en off o una pieza que combine imágenes y texto también pueden servir para desarrollar nuestra comunicación.

Y, cuando queramos trabajar directamente la mirada a cámara, podemos hacerlo de manera progresiva.

No porque exista una única forma correcta de aparecer en vídeo, sino porque merece la pena tener recursos suficientes para poder elegir.

3. El perfeccionismo: cuando siempre hay algo que cambiar

Esta es una situación que conozco especialmente bien.

Preparas una grabación y empiezas a tomar decisiones.

La luz.

El encuadre.

La ropa.

El fondo.

La distancia con la cámara.

Después haces una prueba.

La revisas.

Y descubres que podrías cambiar alguna cosa.

Así que vuelves a grabar.

Y cuando ves la segunda versión, encuentras otro detalle.

En cierto modo, es lógico.

Trabajar con vídeo implica observar, revisar y ajustar.

De hecho, muchas veces las mejoras aparecen precisamente durante ese proceso.

La dificultad llega cuando empezamos a perseguir una versión ideal sin tener claro qué estamos intentando mejorar.

El caso de las manos

Recuerdo una cosa que hice cuando estaba aprendiendo a comunicar delante de la cámara.

Había leído que gesticular ayudaba a hablar en público, así que empecé a intentar mover más las manos durante mis grabaciones.

El problema era que yo no gesticulaba demasiado cuando hablaba habitualmente con otras personas.

Y al intentar hacerlo deliberadamente, la expresión me resultaba forzada.

Estaba tan pendiente de introducir esos gestos que acababan convirtiéndose en otra cosa que tenía que controlar.

Aquella experiencia me hizo plantearme algo.

¿Realmente necesitaba mover más las manos?

¿O estaba intentando reproducir una recomendación sin haber observado antes cómo me expresaba yo?

Podía explorar una presencia más gestual, por supuesto.

Pero también podía conservar mi forma habitual de comunicar cuando tuviera sentido.

Y esa diferencia me parece importante.

Una recomendación puede funcionar perfectamente para otra persona y no ser la decisión que tú necesitas en una grabación concreta.

Antes de corregir algo, observa qué está ocurriendo

Imagina que revisas un vídeo y no te convence cómo apareces en pantalla.

Puedes pensar que necesitas cambiar tu manera de hablar o controlar mejor tus movimientos.

Pero quizá hay otros factores que están influyendo en la imagen.

Puede que la cámara esté demasiado cerca.

O que hayas elegido un encuadre donde apenas tienes espacio para moverte.

Quizá la iluminación genera una sensación diferente de la que buscabas.

Antes de modificar tu expresión, merece la pena observar qué parte del resultado depende de ti y qué parte está relacionada con las condiciones de grabación.

Puedes cambiar una sola variable y comparar.

Acercar o alejar la cámara.

Modificar la altura.

Probar otra posición.

Cambiar la dirección de la luz.

Son decisiones bastante sencillas que pueden transformar la imagen.

Y, además, te permiten aprender cómo funciona el lenguaje audiovisual.

No todas las pruebas tienen que terminar publicadas

Hay otra cosa que me parece especialmente útil cuando trabajamos con perfeccionismo: crear espacios donde podamos experimentar sin esperar un resultado definitivo.

Puedes dedicar unos minutos a probar una iluminación.

A explorar una manera diferente de hablar a cámara.

O a grabarte desde una posición que nunca hayas utilizado.

Quizá descubras algo que te interesa.

O quizá compruebes que prefieres seguir utilizando una solución anterior.

Ambos resultados aportan información.

Y eso me parece mucho más útil que valorar todas las pruebas únicamente en función de si han quedado suficientemente bien para publicarlas.

¿Cómo hablar delante de la cámara con más naturalidad?

La naturalidad es una de las palabras que más aparecen cuando hablamos de grabarnos.

Queremos sonar naturales.

Mover las manos de manera natural.

Tener una expresión natural.

Y, a veces, terminamos pensando tanto en cómo conseguirlo que ocurre justo lo contrario.

Me resulta especialmente curioso cuando una persona intenta interpretar su propia naturalidad.

Está intentando parecer espontánea, pero también está calculando cómo debería moverse, dónde mirar y cuánto sonreír.

Es una tarea bastante complicada.

Además, la naturalidad no tiene por qué verse igual en todas las personas.

Hay quien habla con mucha energía y utiliza todo el cuerpo para explicar.

Otras personas son más pausadas, gesticulan menos o necesitan tiempo para desarrollar sus ideas.

Y ninguna de esas maneras de expresarse tiene por qué ser más apropiada que las demás.

A mí me interesa empezar observando cómo comunica una persona cuando no está intentando reproducir una forma concreta de aparecer ante la cámara.

Qué ritmo utiliza.

Cómo hace las pausas.

Qué gestos aparecen.

Cómo organiza sus ideas.

Y después explorar otras posibilidades.

Porque tampoco tenemos por qué limitarnos a nuestra manera más habitual de expresarnos.

Podemos probar otros ritmos, posiciones, encuadres o formas de presencia.

La cuestión es poder elegir qué queremos utilizar, en lugar de asumir que existe una única imagen de naturalidad a la que deberíamos parecernos.

Tres pruebas para explorar tu presencia delante de la cámara

Si te apetece experimentar, te propongo un ejercicio sencillo.

Elige una idea que puedas explicar en aproximadamente un minuto.

Puede estar relacionada con tu trabajo o con algo que conozcas bien.

No hace falta que prepares un vídeo para publicar.

Prueba 1. Habla directamente a cámara

Coloca el móvil a una distancia cómoda y explica la idea.

Puedes utilizar un pequeño esquema si lo necesitas.

Cuando termines, no la repitas inmediatamente.

Guarda esa primera toma.

Prueba 2. Cambia una condición

Ahora modifica algo.

Por ejemplo, aléjate de la cámara y deja que se vea más espacio.

O prueba a explicar la misma idea de pie.

También puedes cambiar la posición del móvil para que la imagen tenga otra perspectiva.

Mantén el mensaje y observa cómo cambia la grabación.

Prueba 3. Cambia la forma de contar

En lugar de repetir la explicación directamente a cámara, prueba a mostrar alguna acción relacionada con el tema.

Puedes acompañarla con tu voz.

O grabar pequeñas imágenes que después formen parte del montaje.

La idea es comprobar cómo una misma explicación puede adquirir formas diferentes.

Después, observa

Reproduce las tres versiones.

Puedes fijarte en tu voz, tus gestos, la relación con el espacio y la manera en que cada formato presenta la idea.

Quizá descubras que te resulta más cómodo hablar cuando la cámara está un poco más lejos.

O que las imágenes de apoyo aportan información que antes estabas intentando explicar con palabras.

También puede ocurrir que prefieras la primera versión.

Lo interesante es empezar a identificar qué decisiones tienen sentido para ti y cuáles te gustaría seguir explorando.

 

Ponerse delante de la cámara también se aprende creando

Cuando empecé a grabar mis propios vídeos, tenía que familiarizarme con una situación que no me resultaba especialmente cómoda.

Con el tiempo fui aprendiendo a utilizar la cámara, a preparar mis explicaciones y a tomar decisiones sobre cómo quería aparecer.

Hoy, además, me interesa explorar las posibilidades creativas de esa relación.

Porque una cámara puede registrar una explicación, pero también puede observar una acción, acompañar un movimiento o construir una escena.

Podemos hablarle directamente, ignorarla durante unos segundos, utilizar una voz en off o aparecer solo en determinados momentos.

Cada elección modifica cómo se recibe lo que estamos contando.

Y cuando empezamos a reconocer esas posibilidades, grabarnos deja de depender exclusivamente de encontrar una manera de comportarnos que parezca correcta.

Podemos desarrollar distintos recursos y utilizarlos según lo que queramos expresar.

Una experiencia para explorar tu relación con la cámara

Si ya comunicas en vídeo, pero te apetece investigar otras maneras de aparecer, he creado la Experiencia de Presencia Audiovisual.

Es una experiencia de siete días centrada en observar tu relación con la cámara y experimentar con diferentes posibilidades de presencia.

Partimos de tu manera actual de comunicar y, a través de pequeñas pruebas, exploramos qué ocurre cuando cambias determinadas condiciones de grabación.

La intención es que puedas observarte desde otros lugares, descubrir recursos que quizá no habías considerado y ampliar tus posibilidades de expresión.

Porque incluso cuando llevamos años delante de una cámara, todavía podemos encontrar nuevas maneras de relacionarnos con ella.